¡Los rudos, los rudos, los rudos! #DíaDelPsicólogo

En el #DíaDelPsicólogo te compartimos un fragmento del libro “Psicologías inútiles” de Juan Soto Ramírez, un texto realmente “rudo, rudo, rudo” en estos días tan caóticos en donde todos queremos dispararnos.

La lucha libre es un fenómeno difícil de explicar y clasificar. En ella están inmersas múltiples formas como el deporte, el teatro, la acrobacia, todo ello fundido en un espectáculo que apela a formar como el pancracio, el circo no en su versión más ortodoxa, pero en vehículos que representan prácticas pretéritas. sin embargo, se trata de algo que ha idos más allá de sus propios límites físicos, se ha generado un sinfín de artículos: máscaras, llaveros, cinturones, capas, muñecos, entre muchos otros, que dan cuenta de este gusto y que la gente emocionada lleva a sus vitrinas más preciadas, espacios que alberga parte de este fenómeno. De igual manera, la lucha libre se ha tomado como una manera de narrar otros episodios, pues desde revistas, películas, canciones o historietas, hasta programas de televisión o comerciales de grandes firmas, la han utilizado para protagonizar, metaforizar o ilustrar cierto discurso que va con lo que quieren ser o decir, haciendo que sea cada vez más recurrente ver la temática de la lucha libre en medios masivos como la televisión.

Se trata de una manifestación colectiva donde la paternidad, los derechos de autor y las exclusividades no existen o son ínfimas, por eso hay revendedores, máscaras genéricas, playeras sin marca, llaves con varios apelativos o luchadores con el mismo nombre, pues al único que le pertenece este deporte-espectáculo es a quienes lo han alimentado, comunicado, reproducido y mantenido por años, es decir, a ese colectivo que tanto le gusta, se divierte y lo siente, como ocurre con los aficionados a la lucha libre. Para ellos la lucha libre representa un desahogo, una forma de descargar energía y olvidar problemas, pero es mucho más que eso, es el protagonista de una función que no es únicamente la del viernes o el domingo, sino es la función de todos los días, la de la práctica si la que conserva un gusto, que justamente por eso no ha desaparecido, porque sus aficionados la han hecho parte de sus recorridos cotidianos, expresados ya sea mediante la admiración o la imitación, dirigiendo en buena medida, el rumbo de la lucha libre. Ciertamente lo que han hecho estos elementos es configurar espacios, momentos clave, argumentos, personajes y protagonistas que, a su vez, preservan y evocan nuevamente ese clamor colectivo del pasado, en los tiempos actuales.

Es un espectáculo incluyente, con tintes populares para algunos que no discrimina, que en todo momento está abierto a nuevos militantes pues tanto hombres como mujeres, niños, o viejos, gente de bajos recursos o personajes de la farándula, el taxista o el director regional de alguna empresa inglesa, asisten, se divierten, comen, beben y hasta le espetan las mismas ofensas al réferi de la contienda y aunque sus diferencias sean evidentes, no las dirimen como la contienda que van a animar. Es un momento donde la sociedad se funde en un grito, en un alarido, en una contienda donde la sociedad se funde en un grito, en un alarido, en una contienda donde lo menos importante es el ganador o el luchador mismo pues la gente es la protagonista, es un evento del cual se siente parte, donde se tiene la esperanza que se escuche su voz, donde se tiene la certeza de no ser condenado por frase o grosería emitida, es algo de lo que se participa, se siente y se vive.

Si viene de otro país, ¿quién la inventó? o ¿quién la importó?, para la gente es lo menos relevante pues es en México donde más cariño se le tiene, donde se ha consolidado como una práctica social, no sólo porque ha adquirido una forma que a la gente le gusta, que se emociona, que se la lleva a su casa, que la comenta en el trabajo, que no le importa que la lucha esté basada en llaves, lances, acrobacias o vuelos, que sea a la vieja usanza o con nuevos estilos, pues al final de cuentas lo importante es lo que está alrededor de la lucha libre, esta atmósfera de color, alaridos y murmullos esos objetos que devienen en artefactos de memoria, esa tradición de ir en familia e iniciar a los más pequeños y, finalmente, esas prácticas que esta misma sociedad ha generado y mantenido dentro y fuera de la Arena.

La lucha libre no nació en México, pero invariablemente está asociada a esta cultura, pues es algo que pertenece a todos, a todo aquel integrante de este país que se ha asumido y ha formado parte de este deporte-espectáculo, no del que hace las máscaras, organiza las luchas, aparta y revende los boletos del que lo transmite por televisión, que la narra o hace estudios académicos, por el contrario, es algo que está entre la gente, la que se pasea en otros países con máscara enfundada, el que pacientemente espera a que llegue el día de la función, lleva a sus hijos o nietos mientras no griten leperadas, el que se siente luchador y aunque porte corbata, quisiera aplicarle una llave a su jefe. Este arte, a lo que alude, es a la misma sociedad que la piensa y la vive, en sus significados, recuerdos, clamores, gustos, triunfos y también en sus derrotas. Es el sentir, el pensamiento, la creencia, el deleite de la sociedad que se funde en ese grito común, que se fundirá en ese espacio también si no fuera porque tiene que concederle un sitio para que quepa el cuadrilátero y así dar vida a lo que es la lucha libre.

 

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