“Entre suelos verdes y el azul del cielo”

Sucedió de repente: de la prohibición casi absoluta para que ingresaran a las colonias de España oriundos de otros países, a un franqueo completo de sus puertas a cuanto viajero llegara hasta ellas, cuando éstas lograron su independencia. Por así decirlo de manera un poco más precisa, a partir de 1823, cuando se vitoreaba el libre comercio, para entrar a México –en especial si se trataba de galos, teutones o sajones- ni siquiera se necesitaba tocar.

es de comprenderse que si bien en algunos lugares de Europa –especialmente Inglaterra-, inmediatamente hubo un gran interés por saber cómo eran y qué había en realidad en estas tierras americanas envueltas por las leyendas, pero sobre todo, qué posibilidades les ofrecían de darles a ganar para obtener dinero. Ello –hay que tenerlo presente- se complementaba con el hecho de que los hispanoamericanos adinerados tenían también grandes deseos de conocer y tratar gente de ciertos lugares. Tan es así, que la carencia general de buen hospedaje que, como era natural, se padecía en México, se solventaba alojando espléndidamente a los viajeros en las casotas de los señorones, donde se disponía de espacio suficiente y el mayor confort posible en la época.

cabe decir que, con anterioridad a la apertura oficial, pocos consiguieron la autorización oficial de ingreso para cuestiones muy puntuales y no faltaron quienes lo hicieron clandestinamente , dejando en América atisbos muy sugerentes de lo que era el mundo exterior y distribuyendo después por éste, algunas probaditas de lo que los españoles reservaron tan celosamente para ellos mismos.

En el caso de México, en los albores del siglo XIX, fue muy celebrado el caso del barón Alejandro von Humboldt, que hasta calles dejó con su nombre aun en lugares como Guadalajara, donde nunca puso los pies; además algunas de las cosas que dijo del occidente de México, basado en referencias más presuntuosas que doctas, resultaron ser de una falsedad patente. Véase, sino, lo que dice de la fabricación del tequila –que, según él, se obtenía del pulque- por ejemplo, o de la organización de su territorio que, curiosamente, luego serviría de base a grandes errores que cometió al respecto ni más ni menos que don Edmundo O’Gorman, cuando escribió sobre las divisiones políticas territoriales, en lo que se refiere al occidente mexicano. También conviene recordar que posteriormente vendió a muy buen precio su información al ejército de Estados Unidos cuando empezaban a acariciar su invasión a nuestro país.

Quede claro que no pretendo desautorizar al ilustre “naturalista”. Solamente señalar que también se “pasó de lanza” hablando de lo que o estaba seguro y, a la postre, obtuvo buen provecho de lo que aprendió aquí.

De cualquier manera, cabe reconocer que los “forasteros” fueron muy pocos, como dije, antes de la independencia y, sobre todo, con el advenimiento del federalismo y el entusiasmo por establecer el libre comercio, asomaran sus narices por estas tierras.

Respecto de la ignorancia que prevalecía en México de la vida exterior, que puede resultar hasta patética, cabe recordar – a manera de ejemplo- a aquel viajero inglés, muy bien recibido en Guadalajara, cuando fue acompañado por su anfitrión a conocer el convento tapatío de más postín y se sintió muy incómodo porque muchas monjas insistían en mirarle el trasero con risas contenidas. Finalmente, la madre superiora osó preguntarle dónde guardaba la cola que todos los protestantes tenían… las religiosas quedaron satisfechas cuando les dijo que se le había caído al entrar a México, por ser éste un país católico.

Fragmento del Prólogo del libro “Entre espías, fanfarrones y voyeurs”

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